Cada año, en setiembre u octubre, se realizaba el torneo de Sevan a Side de Rugby y Hockey del Athletic... Era una gran fiesta en todo sentido, con mucha gente de todas las uniones de ambas disciplinas, una primavera de colores de camisetas de Rugby y equipos de Hockey. Recuerdo a mis viejos trabajando a destajo en el quincho para servir los alimentos y bebidas para los visitantes...y los partidos eran increíbles... Guardo en mi memoria la emoción de aquellas fechas...

EL JUEGO DE SIETE. (Por Gustavo Oviedo)

El Athletic nos educó en y con el juego de siete, tal cual como lo hace un director de orquesta con
sus hijos. Desde niños aprendimos de nuestros mayores, primero, a distinguir los timbres de los
diferentes instrumentos; luego a percibir los matices y tonalidades que tiene cualquier
composición y, además, a conquistar la destreza en el manejo de los tiempos como una
herramienta maestra e indefinidamente perfectible. El Seven de Rugby y Hockey fue en el Athletic,
durante décadas, lo que es la Camerata en Bariloche o Cantapueblo en la ciudad de Mendoza, un
lugar y un motivo para asistir al encuentro con lo bello y con la gente que lo aprecia. Está claro que
el amor hacia tu equipo te lleva al anhelo de la gloria, pero el juego de siete es, en sí mismo, el
placer de disfrutar de la inteligencia mental, física y espiritual tanto en el Rugby como en el
Hockey.
Nuestro Seven se fue apagando en los años ochenta debido a un calendario creciente a nivel
nacional que no dejó lugar para esta sana fiesta y encuentro. Allí ramificó “la soledad de octubre”
la cual, como podrás imaginar, jamás fructifica. No obstante, la iluminación artificial despertó
aquellas yemas de edén de camisetas y “túnicas” y hoy vuelve renovado, con la mejor armonía de
conjuntos de siete en ambas disciplinas.
Los días sábado se jugaba la categoría Cuarta División (16 a 18 años) y siempre fue un gran
espectáculo sin nada que envidiar al de la categoría superior. Cordobeses, rosarinos, tucumanos,
santafecinos, entrerrianos y porteños tuvieron sus momentos gloriosos y conocieron la alternancia
a lo largo de los años. Memorable deleite tuve al presenciar una final juvenil en nuestra sede, en la
cual diputaron la gloria con abundancia de lujos y “revers”, los dos equipos de Alumni.
En esta nuestra cancha de Rugby jugaron infinidad de figuras que son leyenda, muchas de ellas
contemplarán esta edición desde la gran “Platea Celeste y Luminosa”, otras, que no pudieron
llegar hasta Jardín Espinosa, tendrán sensaciones extrañas e inexplicables en el preciso momento
del kick-off o quizás, en el instante del try del club que los tuvo como protagonistas allá en el
tiempo y en sus años dorados; experimentarán una taquicardia o un repentino “nudo en el
estómago” y no podrán sospechar jamás de esa empatía remota que mana de la mítica cancha del
Athletic. Yo vi jugar al Rulo Quiroga y al Conejo Ricchiardello con nuestra Roja y Negra, a Chesta e
Imhoff, a los hermanos Seaton, a Luis María Rodriguez y Manolo Capelli, a Hugo Porta, a los
mellizos Quetglas, por sólo mencionar un puñado de una lista interminable de grandes jugadores,
quienes, seguramente, sonreirán y humedecerán sus ojos al escuchar acerca de una nueva edición
del Seven de la Pava.
Pero cuando pienso en Torneos de Seven, vuelve alto y claro en mi memoria un equipo de
Champagnat que jugó una final seguramente inolvidable para quienes tuvimos la oportunidad y el
privilegio de asombrarnos. No importa dónde ni cuándo fue...lo que sí importa fue lo que
transmitieron aquellos siete jóvenes cuyos físicos no mostraban el menor rastro de gimnasio, eran
todos más bien delgados y apenas se diferenciaban dos de ellos como para disputar las
formaciones fijas. Esos chicos mantuvieron la pelota viva la inmensa mayoría del tiempo de
aquellos veinte minutos memorables. Detrás del portador de la pelota se generaban y
multiplicaban permanentemente mil alternativas de pase. En las contadas ocasiones en las que

perdieron la posesión de la “guinda”, la recuperaron prontamente con tackles precisos y limpios
como logrados sin esfuerzo. Cambiaron constantemente la aceleración y así desordenaron
anímicamente al adversario que, desesperado y confundido, cayó en el tackle a destiempo como
signo de impotencia. Los chicos del “Champa” no cruzaron mirada con su adversario herido y
mucho menos respondieron a lo desleal. Parecían unidos por un hilo invisible y sano que los
llevaba a saber nítidamente dónde colocar el próximo pase. No patearon la pelota. Jugaron
concentrados y generosos. Invadieron el in gol adversario en tres o cuatro ocasiones. Festejaron el
triunfo con sencillez y se retiraron inmersos en una nube de aplausos. Aquellos siete chicos
representaron la obra acabada de un sueño pedagógico de Marcelino de Champagnat (Francia
1789-1840), fundador de Los Hermanos Maristas y se constituyeron, en mi consciencia, en un
ejemplo de objetivo deseable a la hora de educar y formar por medio del deporte.
El mensaje que aquel ensamble de siete me transmitió, lo encontré muchos años más tarde en
Youtube, bajo el nombre de “Canon en Re mayor de Pachelbel”.

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