El Coco Miranda...
Lo vas a ver caminar...ir y venir sobre una huella que él mismo dejó...se fue el césped y no volvió a crecer en ese sendero que hay en aquél tocuch...es, esa huella, un tributo y memoria persistente de ese hincha eterno y hacedor de identidad de nuestro Athletic, un miembro de nuestra Familia Roja y Negra..
El Coco Miranda llegó al Athletic como tripulante en un cuento de Charles Dickens. Llevaba un corte de cabello militar y liceísta; con un álbum nuevo de figuritas de sueños envuelto en celofán bajo su brazo derecho. Se paró en la vereda, miró de frente, frunciendo las cejas, la antigua fachada adornada de iniciales y fecha en letra antigua; entró y se dirigió, vacilante y curioso, en dirección a los vestuarios; se detuvo junto al Níspero, en el cantero triangular frente a la Secretaría; colocó el cigarrillo entre sus labios, abrió su saco blazer azul cruzado y de un bolsillo interior, extrajo una hoja de cuaderno Lanceros con apuntes de Lengua y Literatura de primer año del Liceo; en el mismo se leía: “lo que en Castellano denominamos Amor, en Griego existen siete palabras diferentes para precisarlo”; continuó su marcha, se presentó con saludo amable al Viejo López y mientras le preguntaba, iba tildando los siete significados. Dobló nuevamente la hoja en cuatro, la volvió a su lugar pegado al pecho; le pidió al Viejo una guinda, la abrió cortando una de sus costuras, le extrajo la cámara de goma negra y en su lugar puso su corazón rojo y pulsátil; la volvió a coser con hilos de promesas. Desde entonces creció, amó, jugó, rió, educó, compartió, soñó, lloró, cantó y bailó en el Club. Su principal preocupación fue el trato que se le da a la guinda…y si yo no te lo hubiera dicho antes, no sabrías el porqué de tanto celo. Determinó que el juego limpio es, como la roja y negra, los botines, el pantalón azul y las medias, una condición de nuestro Rugby. Cuando habla con vos, su mirada busca impaciente una estrella, lejos y en lo alto, también en ella se dibuja un baúl lleno de preguntas sin respuesta y que rastrean huellas de dolores antiguos.
El Coco te cuenta el último partido que vio, de la manera con la que Macedonio Fernández hubiera deseado hacerlo pero que no podría nunca por la sencilla razón de que jamás transpiró cuadros rojos y negros. Te abraza y te dice cuánto te quiere con su sonrisa asimétrica y el brinco de sus cejas. De pronto deja salir su risa por la nariz, trenzada con disparos de humo, y te das cuenta que la frase anterior era sólo una ironía lanzada para atrapar tu carcajada y despeinar tu sensatez.
En su infancia jugaba Damas con el Ángel de la Guarda, quién al partir le dejó a Nora sobre su mesa de luz porque sabía que necesitaría de la asistencia de alguien mucho más fuerte que el mismo serafín…
Una noche soñó que se oscurecía el cielo del mediodía y que todo parecía hundirse en lo incomprensible. En medio del silencio y de la duda un viento suave sopló desde la cancha de Talleres y le acercó a la delegada del Ángel, entonces el Coco buscó en el otro bolsillo interno de su blazer azul y sacó otra hoja de Lanceros en la que se leía:”Ámame cuando menos lo merezco porque es cuando más lo necesito” Soren Kierkegaard y se lo entregó a Nora, entonces ella lo leyó, volvió sus pasos, se pegó al Coco para subir a la cumbre de las Virtudes Humanas, esas que te llevan derecho a la Eternidad en primera clase, sin escalas y no se separó ni un segundo más de él. Recién entonces se despertó el Coco y vio que Nora estaba allí con sonrisa y corazón grande, como ya no se fabrican, junto a dos perlas que son regalo de lo Alto y pruebas tangibles de ese Amor que sólo esta descripto en el Evangelio.
Y así fue que el Coco volvió a Jardín Espinosa, a instalarse en cada partido en su amado reducto de espectador impaciente, por supuesto que en el in gol sur pero con sol en contra, claro, donde duerme la Diana, deidad femenina de la Fidelidad, ladera del Boris y separada del Jack por apenas los metros que viven entre los dos touch, allí va y viene el Coco, tenso y humeante, lo angustian los kicks y lo vuelven exultante las tijeras; podés contarle lo que quieras pero son ochenta minutos en los que su corazón iverna latente y despojado de necesidades humanas, se nutre sólo de sueños de Webb Ellis; en ese breve y agónico paréntesis cósmico, el Coco nace vive, muere mil veces y apenas recuerda su nombre.
Cuando el Athletic mueve la pelota, se lo puede escuchar ronco y persistente desde ese su lugar en el mundo, ese que se vuelve un caleidoscopio de emociones, de pasión y alegría que navegan en un mar de amor en sus siete acepciones.
G.A.O.
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